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viernes, 30 de mayo de 2014

El cielo es el límite



Hace unos días tuve una conversación con un amigo que está en esa época de la vida en la que todos queremos hacer muchas cosas diferentes y aprender y exprimir todas las experiencias al máximo. Esta persona tiene una capacidad para comunicar muy alta, asertividad y un grado de compromiso alto respecto al trabajo. Por otra parte, entra en la categoría de personas que perciben los trabajos como fuentes de experiencia y no como un puesto vitalicio, cosa muy necesaria en los tiempos que corren.

Comentaba con él una oferta de trabajo que nada tenía que ver con el empleo ni el mercado en el que él estaba integrado en estos momentos, pero que por su perfil personal, capacidad de trabajo y capacidad de organización de equipos, podría entrar en sus posibilidades.

Tras leer las características del puesto y dado que se trataba de una de las empresas más importantes del mundo en cuanto a tecnología e innovación su comentario fue: “Pero tendré que saber muy bien inglés, no doy el perfil.” 

Curiosamente, entre toda la información que se ofrecía en la oferta de trabajo, no se indicaba en ningún sitio que se requiriera inglés para el desempeño de las tareas y sin embargo, todo el resto de características encajaban con las suyas. 

Realmente se lo hice ver: “¿Te has dado cuenta de que en ningún sitio pone eso y realmente eres tú mismo el que te está poniendo las primeras objeciones?”

Esto mismo nos ocurre en muchas ocasiones: somos nosotros mismos los que nos ponemos barreras en lo personal o en lo profesional. Frases como: “No doy el perfil”, “Es un trabajo demasiado importante para mi”, “Es una chica demasiado guapa para mi”, “Esta casa es demasiado pretenciosa para nosotros”, etc. Son las que nos ponen barreras a la entrada que realmente no nos ha puesto nadie delante sino nosotros mismos.

Deja que sean los demás los que te tengan que decir que no das el puesto, si es que realmente ocurre esto, y sigue adelante. A todos nos dicen que no muchas veces a lo largo de nuestra vida, pero hay que dejar que nos lo digan los demás, no nosotros mismos.

No es bueno que nos limitemos nosotros mismos. Lo que subyace debajo de todo esto es el miedo al rechazo o al cambio. Sabes lo que vales y si los demás no lo saben es su problema, pero no el tuyo.


Casualmente ayer mismo una amiga también me decía que se traslada a trabajar a otra ciudad donde le ofrecen un mejor trabajo, con un mejor sueldo y mejores condiciones laborales.

La actitud en este caso, cuando se planteó la situación hace unos días, fue diferente: “Voy a probar suerte en la entrevista.” No hay nada que perder. Lo peor que puede ocurrir es que nos digan que no… Pero es mucho mejor que nos lo digan los demás que nosotros mismos nos neguemos la oportunidad.

En este caso, el problema eran las condiciones laborales al tener que mudarse a una ciudad mayor con unos alquileres más altos pero como siempre digo, todo se puede hablar en la vida y si se argumenta adecuadamente no hay nada a lo que no nos vayan a decir que si.

En este caso los límites no se los puso mi amiga, sino que dejó que las circunstancias fluyesen y cuando llegó el momento planteó la circunstancia que podría ser un problema, estoy seguro que conociéndola, argumentó adecuadamente y… ¡objetivo conseguido! Próximamente la echaré de menos, pero me alegro enormemente por ella.

Deja a los demás que intenten ponerte límites, pero no te los pongas tú mismo.

Prueba cosas diferentes y te sorprenderás a ti mismo.

Lectura recomendada: No sé dónde está el límite pero sí sé dónde no está (COLECCION ALIENTA)



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