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lunes, 2 de junio de 2014

Yonkis de la incertidumbre


Comentando con un amigo acerca de las diferencias entre su trabajo y el mío, me decía que no podría soportar el no saber cuánto iba a ganar al mes siguiente ni si sus acciones tendrían una influencia positiva o negativa sobre su remuneración económica.

Mi amigo es trabajador de un organismo oficial y trabaja, pese a la leyenda que hay de los funcionarios españoles, mucho. Todos los días se levanta bien temprano a aguantar a un jefe autoritario que se toma las vacaciones cuando le viene en gana, que además cuando hay reducciones de sueldo se aplican a su escalafón, pero no al de su jefe, por lo que su motivación no es demasiada. A pesar de todas estas circunstancias externas, al igual que muchos otros funcionarios españoles como enfermeros y enfermeras, doctores, profesores, etc. hace su trabajo lo mejor que saben, aunque su rendimiento no tenga consecuencias directas sobre su sueldo.

Sin embargo, este sistema de trabajo tiene un inconveniente. Por mucho mejor y más eficientemente que trabaje mi amigo, no se verá un efecto directo sobre su sueldo. De hecho, es posible que si trabaja mejor que sus compañeros, se vea como un “trepa” en lugar de alguien a quien admirar y se empiece a sabotear indirectamente su trabajo para no dejar en evidencia que se puede trabajar de una manera más eficiente. Está atrapado en una jaula en la que puede correr al ritmo adecuado pero no puede correr más rápido que los demás ni mejorar el mecanismo de la rueda.


Siempre es todo igual y no existe casi la creatividad o un elemento de aleatoriedad en el día a día.

Por eso creo que el trabajo de los emprendedores y autónomos tiene un elemento creativo y/o aleatorio que nos convierte en adictos a la incertidumbre. Llega un momento en el que esa incertidumbre constante en la que vivimos nos permite evolucionar hacia mejoras progresivas. Sabemos que hay un precipicio bajo nuestros pies, y que alguien nos persigue con un coche a alta velocidad, al más puro estilo de las películas de persecuciones de los años 70. Tenemos dos posibilidades: saltar y tratar de llegar al otro lado, o dejarnos atropellar y empujar al abismo.

Llega un cierto momento en tu vida en el que encuentras el encanto de dar esos saltos al vacío, tener el poder y el control de tu vida, ser capaz de decidir si ganarás más, y saber que si en lugar de ganar más, ganas menos, es porque no has tomado las decisiones adecuadas.

Es una gran responsabilidad tener que responder ante el jefe más implacable: nuestra cartera y nuestra propia conciencia. Aquí no podemos decir que haya sido culpa de otro, o el mercado, o los clientes. Las soluciones en cada caso son: ignorar al otro, cambiar de mercado o seleccionar mejor los clientes. Todas estas decisiones están en nuestras propias manos.

Esta capacidad de decisión y de ser nuestros propios “dioses” capaces de decidir sobre nuestro futuro, o al menos intentarlo, genera una gran cantidad de endorfinas, unos derivados de la morfina que producen adicción en el cerebro. Los domingos que no hago deporte o los días que estoy de viaje y no puedo hacer ejercicio en un hotel con gimnasio ni en mi ciudad, tengo una especie de síndrome de abstinencia de esas sustancias químicas que genera nuestro propio cerebro. La situación con el trabajo es algo parecida: te sientes inquieto y quieres pensar en nuevas formas de hacer y optimizar procesos. Cuando un día no te es posible por cualquier circunstancia, estás inquieto y deseando agarrar un bloc de notas, tu grabadora o el ordenador para trabajar un poco y dar un salto al otro lado del precipicio para ver si eres capaz de llegar.

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